Cuentos del hogar
Don Narices

de Teodoro Baró


Don Narices era un perro honrado. Lo que no se ha podido averiguar es por qué le llamaban don Narices, pues las que tenía eran como las de los otros perros de su casta, sin cosa alguna que las hiciese notables o siquiera diferenciarse en algo de las de los demás canes. Verdad es que al que no tiene pelo le llaman pelón, y rabón al que no tiene rabo, pero esto nada tiene que ver con D. Narices, cuyo pelo era muy lustroso; y como a su dueño no se le había ocurrido la tonta idea de cortarle el rabo y las orejas cuando nació, conservaba aquél y éstas.

Hemos dicho que D. Narices tenía el pelo lustroso, lo que equivale a confesar que le lucía el pelo, que a su vez vale tanto como declarar que comía bien. Si alguien lo dudase bastaría una mirada al cuerpo redondeado y a los muslos rollizos del perro para desvanecer la duda. Comía bien el can, y, además de buena, la comida era abundante. Aseguro que D. Narices era un perro privilegiado. ¡Vaya si lo era! Sépase que aún no se sabe todo; y no se sabe todo porque no se ha dicho. Este perro tenía por morada la mejor de las moradas que a un can puede darse: una cocina. ¿Se concibe dicha superior a la de D. Narices? ¡Cuántos perros vagabundos se quedaban como clavados en el suelo, el cuello a medio torcer y las fosas nasales abiertas aspirando el tufo que de la cocina se desprendía! Y D. Narices comía lo que sus errantes compañeros sólo podían oler. En invierno tenía buena lumbre; y al llegar la noche siempre encontraba una silla, una estera o un trapo que le sirviera de cama. Confesemos que no podía desear mayor felicidad perruna.

Pues bien: D. Narices no estaba contento. ¿Por qué? No se lo hubiera podido explicar. Ganaba el pan que comía, mejor dicho, las tajadas y los huesos que en abundancia se le daban, pues hay que añadir que la cocina donde estaba empadronado era la de una fonda. En cambio del buen trato que recibía, debía dar vueltas al asador cuando le tocaba, y aún entonces trabajaba por cuenta propia, pues sabía que algo había de corresponderle de aquellos pollos, capones y pavos que se estaban dorando al amor de la lumbre.

Un día D. Narices dejó el asador, que se quedó sin movimiento; y los pollos, más bien que a asarse, comenzaron a tostarse de sólo un lado, con gran desesperación del jefe de la cocina cuando lo notó. Si el perro hubiese estado al alcance de su mano, le hubiera arrimado un palo, pero D. Narices había echado a correr y estaba ya en la calle. Una vez en ella se miró de soslayo y comenzó a dar saltos y a describir círculos con el propósito de cogerse la cola. Cuando estuvo cansado, se quedó parado; aspiró el aire tibio de un hermoso día de primavera; y como su satisfacción fuese grande porque no trabajaba y era completamente dueño de sus acciones, pues podía ir, venir, correr, saltar, tenderse al sol; en una palabra, hacer lo que mejor le acomodara, expresó su satisfacción dando desaforados ladridos.

En mala ocasión lo hizo, pues a su lado estaban hablando dos caballeros; y como el que más cerca de D. Narices estaba se asustara a los ladridos, creyendo que iba a morderle, con su bastón arrimole un fuerte golpe en los lomos; con lo cual el perro salió escapado y lanzando lastimeros quejidos, que hubieran partido el corazón de Rosita si los hubiese oído.

¿Quién era Rosita? Una niña muy remonona a quien una amiga había regalado el perrito cuando sólo tenía un mes. Pero como Rosita se pasase el día jugando con el perrito y a veces se entretuviera en enfadarle, su mamá, que sabía que los perros rabian y que cuando están hidrófobos y muerden a una persona ésta suele morirse, no quiso exponer la vida de su hija al capricho de tener perro; y como se dijera que más segura está la que no los tiene en su casa que la que en ellas los guarda, lo dio al fondista, en cuya cocina vivió tranquilamente D. Narices hasta recibir el palo que le propinó aquel caballero.

Parose el perro cuando estuvo muy lejos; y entonces, sin miedo al bastón, que ya no podía alcanzarle, ladró al que le había pegado; y luego, muy satisfecho, como si hubiese obtenido una gran victoria, continuó su camino. Vio un compañero que estaba sentado delante de un pobre ciego que pedía limosna. D. Narices se acercó al perro; se saludaron encogiendo los hocicos y enseñando los dientes, y el de la fonda preguntó al del ciego:

-¿Qué haces aquí?

-Trabajo.

-¡Vaya una manera de trabajar, sentado!

-Cada cual trabaja a su manera en este mundo. Yo guío a mi amo, que pide limosna, y con lo que le dan, come él y como yo.

-¿Por qué no le abandonas?

-Porque sería una mala acción, pues como no ve no podría volver su casa y no tendría quién le guiara.

Fuese D. Narices y llegó a una plaza donde tropezó con un perro perdiguero. Acercose a él y le saludó exclamando:

-Tú lo entiendes.

Mirole con sorpresa el perdiguero, como diciéndose: -¿Qué quiere ése? -y le preguntó:

-¿Qué es lo que entiendo yo?

-La manera de vivir, pues no eres tan tonto como un amigo que he encontrado, que pasa la existencia trabajando.

-¿Acaso crees que yo no trabajo? Mi amo me saca al monte cuando va de caza y me paso todo el día corriendo detrás de las perdices.

-Pues también tú perteneces al número de los necios, porque trabajas pudiendo vivir como otros perros, y como yo me he propuesto, sin hacer nada.

Lanzole el perdiguero una mirada de desprecio y pagole D. Narices con otra de desdén, dando a continuación media vuelta y marchándose de allí. Al poco rato encontró otro perro junto a una puerta, y como deseaba hallar quien aprobara su plan, que consistía en vivir sin trabajar, le preguntó:

-¿Cómo va, compañero?

-Se ha pasado mala noche.

-¿Y eso?

-Querían robar el almacén que guardo, pero como estoy alerta, con mis ladridos he ahuyentado a los ladrones y despertado a los amos.

-¿Por qué te has molestado?

-¡Vaya una pregunta! ¿Acaso no he de servir al que me da de comer?

-Conque, ¿también tú trabajas?

-¡Claro está que sí! ¿Quién no trabaja?

-¡Qué tontos! ¡Qué tontos! ¡Qué tontos! pensó D. Narices. Yo he visto perros que no trabajan, y pudiendo vivir sin hacer nada, no comprendo por qué se esclavizan.

Así discurriendo y dando vueltas por calles y plazas, llegó la hora de la comida, y entonces comenzó a reflexionar que la vida de holgazanería tenía algunos inconvenientes, pues si bien había correteado a su gusto, en cambio se encontraba sin aquellos abundantes huesos que tanto tenían que roer, y restos de tajadas, para él tan sabrosos. El olor de la carne le atrajo hacia el mercado, y antes de entrar en él se le juntó un compañero, cuya vecindad hizo poca gracia a D. Narices, porque su pelo estaba lleno de polvo y barro y tenía más patas que cuerpo, pues éste era tan delgado que parecía debía venirse al suelo de un momento a otro la armazón de costillas que lo sostenía. Además, el incesante movimiento de su cabeza cuando dirigía el hocico al lomo, al pecho y a las patas, royendo como si quisiera comerse los pocos restos de carne que le quedaban, indicaba que de él se habían apoderado las pulgas. D. Narices hubiera deseado marcharse, pero como el hambre apretaba, entraron juntos en el mercado.

-¿Tú serás de los míos? preguntó el perro flaco.

-¿Quiénes son los tuyos?

-Los que viven de lo que pillan en el mercado.

-Conque, ¿aquí se come?

-¡Qué tonto eres! ¡Pues no se ha de comer! Sígueme y yo te guiaré. Soy maestro en la materia. Me parece que tu escapatoria es reciente.

-Hoy he abandonado a mi amo.

-¿Por qué?

-Porque me hacía trabajar.

-Has hecho bien. ¿Qué necesidad tenemos de trabajar pudiendo vivir sin hacer nada?

-Eso digo yo. ¿Tú no trabajas?

-¡Qué he de trabajar!

D. Narices le miró, y al fijarse de nuevo en aquellos huesos que parecía querían agujerear la piel, se dijo:

-Será verdad que no trabajas, pero también debe serlo que comes poco y mal.

Luego, añadió:

-¿Tiene inconvenientes esa manera de vivir?

-Ninguno. Hago lo que me da la gana, me acuesto cuando quiero, me levanto cuando me acomoda...

-¿Cuándo comes?

-Ahora: aquí hay huesos.

El perro vagabundo comenzó a roer uno muy sucio que estaba en el suelo. D. Narices no quiso probar aquella comida y pensó en la de la fonda.

-¡Muy delicado eres! le dijo en son de mofa su compañero. Sígueme y verás con qué prontitud nos proporcionamos sabrosas tajadas aprovechando el descuido de algún carnicero.

D. Narices fue tras él, pero no muy tranquilo, pues si veía piernas de carnero, también veía cuchillos y pesas y pensaba en el efecto que unos y otras habían de producir en contacto con su cuerpo. El perro vagabundo, mientras tanto, fijose en un cortante que estaba distraído hablando con el dueño de la mesa vecina, y de un salto ¡zas! apoderose de una magnífica tajada, echando luego a correr y haciendo otro tanto D. Narices, quien se dijo que la vida de holganza no era tan mala como había supuesto. Pero pronto cambió de modo de pensar, pues el cortante comenzó a gritar:

-¡Ah pillo, tunante!

Y uniendo a la palabra la acción, tiró una pesa al perro vagabundo, con tan mala suerte para éste que le dio en mitad de la cabeza, cayendo muerto. Tan grande fue el susto de D. Narices, que comenzó a ladrar desaforadamente como si él hubiese recibido el golpe, y, perdido el tino, pegó tal salto que fue a caer dentro de un barreño donde había bacalao en remojo. Cayó el barreño y chilló la vendedora sin darse cuenta de lo que había ocurrido; escapó D. Narices; se alborotaron las verduleras; una le tiró patatas, otra un banasto, quién un tomate, una cuarta el taburete; de suerte que no hubo manos quedas ni objeto que no se convirtiera en proyectil contra el perro; y por si algo le faltaba, el municipal que estaba de servicio en la plaza sacó el sable y echó a correr en su persecución.

Por fortuna D. Narices salió con vida, pero sazonado con tomates, pimientos y cebollas. Al verse libre de sus perseguidores se dirigió cabizbajo a la fonda, convencido de que para vivir hay que trabajar y de que quien mal anda mal acaba, como el perro vagabundo. Mohíno y el rabo entre piernas metiose en la cocina; se fue al asador, comenzó a darle vueltas e hizo el firme propósito, que cumplió, de rechazar en adelante toda tentativa de holgazanería.


 Con lo dicho se ha acabado
 el cuento de Don Narices,
 de incidentes infelices;
 ¡y colorín, colorado!
 

 Y como no es malo el fin,
 pues volvió a la buena senda,
 quien quiera en su ejemplo aprenda.
 ¡Colorado, colorín!