De los nombre de Cristo: Tomo 1, Monte

Se le da a Cristo el nombre de Monte; qué significa éste en la Escritura, y por qué se le atribuye a Cristo

Llámase Cristo Monte, como en el capítulo segundo de Daniel, adonde se dice que la piedra que hirió en los pies de la estatua que vio el rey de Babilonia, y la desmenuzó y deshizo, se convirtió en un monte muy grande que ocupaba toda la tierra. Y en el capítulo segundo de Isaías: «Y en los postreros días será establecido el monte de la casa del Señor sobre la cumbre de todos los montes.» Y en el Salmo sesenta y siete: «El monte de Dios, monte enriscado y lleno de grosura.»

Y en leyendo esto cesó.

Y dijo Juliano luego:

-Pues que este vuestro papel, Marcelo, tiene la condición de Pitágoras, que dice y no da razón de lo que dice, justo será que nos la deis vos por él. Porque los lugares que ahora alega, mayormente los dos postreros, algunos podrían dudar si hablan de Cristo o no.

-Muchos dicen muchas cosas -respondió Marcelo-, pero el papel siguió lo más cierto y lo mejor, porque en el lugar de Isaías casi no hay palabras (así en él como en lo que le antecede o se le sigue) que no señale a Cristo como con el dedo. Lo primero dice: «En los días postreros»; y, como sabéis, lo postrero de los días, o los días postreros, en la Santa Escritura es nombre que se da al tiempo en que Cristo vino, como se parece en la profecía de Jacob, en el capítulo último del libro de la creación y en otros muchos lugares. Porque el tiempo de su venida, en el cual juntamente con Cristo comenzó a nacer la luz del Evangelio, y el espacio que dura el movimiento de esta luz, que es el espacio de su predicación (que va como un sol cercando el mundo y pasando de unas naciones en otras), así que todo el discurso y suceso y duración de aqueste alumbramiento se llama un día, porque es como el nacimiento y vuelta que da el sol en un día. Y llámase postrero día, porque en acabando el sol del Evangelio su curso, que será en habiendo amanecido a todas las tierras, como este sol amanece, no ha de sucederle otro día. «Y será predicado, dice Cristo, este Evangelio por todo el mundo, y luego vendrá el fin.»

Demás de esto dice: «Será establecido.» Y la palabra original significa un establecer y afirmar no mudable ni, como si dijésemos, movedizo o sujeto a las injurias y vueltas del tiempo. Y así en el Salmo con esta misma palabra se dice: «El Señor afirmó su trono sobre los cielos.» Pues ¿qué monte otro hay, o qué grandeza no sujeta a mudanza, sino es Cristo solo, cuyo reino no tiene fin, como dijo a la Virgen el Ángel? Pues ¿qué se sigue tras esto? «El monte, dice, de la casa del Señor.» Adonde la una palabra es como declaración de la otra, como diciendo: el monte, esto es, la casa del Señor. La cual casa entre todas por excelencia es Cristo nuestro Redentor, en quien reposa y mora Dios enteramente, como es escrito: «En el cual reposa todo lo lleno de la divinidad.»

Y dice más: «Sobre la cumbre de los montes.» Que es cosa que solamente de Cristo se puede con verdad decir. Porque monte en la Escritura, y en la secreta manera de hablar de que en ella usa el Espíritu Santo, significa todo lo eminente, o en poder temporal, como son los príncipes, o en virtud y saber espiritual, como son los profetas y los prelados; y decir montes sin limitación, es decir todos los montes; o como se entiende de un artículo que está en el primer texto en este lugar, es decir los montes más señalados de todos, así por alteza de sitio como por otras cualidades y condiciones suyas. Y decir que será establecido sobre todos los montes, no es decir solamente que este monte es más levantado que los demás, sino que está situado sobre la cabeza de todos ellos; por manera que lo más bajo de él está sobrepuesto a lo que es en ellos más alto.

Y así, juntando con palabras descubiertas todo aquesto que he dicho, resultará de todo ello aquesta sentencia: Que la raíz, o como llamamos, la falda de este monte que dice Isaías, esto es, lo menos y más humilde de él, tiene debajo de sí a todas las altezas más señaladas y altas que hay, así temporales como espirituales. Pues ¿qué alteza o encumbramiento será aqueste tan grande si Cristo no es? O ¿a qué otro monte de los que Dios tiene convendrá una semejante grandeza? Veamos lo que la Santa Escritura dice cuando habla con palabras llanas y sencillas de Cristo, y cotejémoslo con los rodeos de este lugar, y si halláremos que ambas partes dicen lo mismo, no dudemos de que es uno mismo aquel de quien hablan.

¿Qué dice David?: «Dijo el Señor a mi Señor: Asiéntate a mi mano derecha hasta que ponga por escaño de tus pies a tus enemigos.» Y el apóstol San Pablo: «Para que al nombre de Jesús doblen las rodillas todos, así los del cielo como los de la tierra y los del infierno.» Y el mismo, hablando propiamente del misterio de Cristo, dice: «Lo flaco de Dios que parece, es más valiente que la fortaleza toda; y lo inconsiderado, más sabio que cuanto los hombres saben.» Pues allí se pone el monte sobre los montes, y aquí la alteza toda del mundo y del infierno por escaño de los pies de Jesucristo. Aquí se le arrodilla lo criado; allí todo lo alto le está sujeto. Aquí su humildad, su desprecio, su cruz, se dice ser más sabia y más poderosa que cuanto pueden y saben los hombres; allí la raíz de aquel monte se pone sobre las cumbres de todos los montes.

Así que no debemos dudar de que es Cristo este monte de que habla Isaías. Ni menos de que es aquel de quien canta David en las palabras del Salmo alegado. El cual Salmo todo es manifiesta profecía, no de un misterio solo, sino casi de todos aquellos que obró Cristo para nuestra salud. Y es oscuro Salmo, al parecer, pero oscuro a los que no dan en la vena del verdadero sentido, y siguen sus imaginaciones propias; con las cuales como no dice el Salmo bien, ni puede decir, para ajustarle con ellas revuelven la letra y oscurecen y turban la sentencia, y al fin se fatigan en balde; mas al revés, si se toma una vez el hilo de él y su intento, las mismas cosas se van diciendo y llamándose unas a otras, y trabándose entre sí con maravilloso artificio.

Y lo que toca ahora a nuestro propósito (porque sería apartarnos mucho de él declarar todo el Salmo), así que lo que toca al verso que de este Salmo alega el papel, para entender que el monte de quien el verso habla es Jesucristo, basta ver lo que luego se sigue, que es: «Monte en el cual le plació a Dios morar en él; y cierto morará en él eternamente.» Lo cual, si no es de Jesucristo, de ningún otro se puede decir. Y son muy de considerar cada una de las palabras, así de este verso como del verso que le antecede; pero no turbemos ni confundamos el discurso de nuestra razón.

Digamos primero qué quiere decir que Cristo se llame monte. Y dicho, y volviendo sobre estos mismos lugares, diremos algo de las cualidades que da en ellos el Espíritu Santo a este monte. Pues digo así: que demás de la eminencia señalada que tienen los montes sobre lo demás de la tierra (como Cristo la tiene, en cuanto hombre, sobre todas las criaturas), la más principal razón por qué se llama monte, es por la abundancia, o, digámoslo así, por la preñez riquísima de bienes diferentes que atesora y comprende en sí mismo. Porque, como sabéis, en la lengua hebrea, en que los sagrados libros en su primer origen se escriben, la palabra con que el monte se nombra, según el sonido de ella, suena en nuestro castellano el preñado; por manera que los que nosotros llamamos montes, llama el hebreo por nombre propio preñados.

Y díceles este nombre muy bien, no sólo por la figura que tienen alta y redonda, y como hinchada sobre la tierra (por lo cual parecen el vientre de ella, y no vacío ni flojo vientre, mas lleno y preñado), sino también porque tienen en sí como concebido, y lo paren y sacan a luz a sus tiempos, casi todo aquello que en la tierra se estima. Producen árboles de diferentes maneras, unos que sirven de madera para los edificios, y otros que con sus frutas mantienen la vida. Paren yerbas, más que ninguna otra parte del suelo, de diversos géneros y de secretas y eficaces virtudes. En los montes por la mayor parte se conciben las fuentes y los principios de los ríos, que naciendo de allí y cayendo en los llanos después, y torciendo el paso por ellos, fertilizan y hermosean las tierras. Allí se cría el azogue y el estaño, y las venas ricas de la plata y del oro, y de los demás metales todas las minas, las piedras preciosas y las canteras de las piedras firmes, que son más provechosas, con que se fortalecen las ciudades con muros y se ennoblecen con suntuosos palacios. Y finalmente, son como un arca los montes, y como un depósito de todos los mayores tesoros del suelo.

Pues por la misma manera Cristo nuestro Señor, no sólo en cuanto Dios (que, según esta razón, por ser el Verbo divino, por quien el Padre cría todas las cosas, las tiene todas en sí de mejores quilates y ser que son en sí mismas), mas también según que es hombre, es un monte y un amontonamiento y preñez de todo lo bueno y provechoso, y deleitoso, y glorioso que en el deseo y en el seno de las criaturas cabe, y de mucho más que no cabe. En Él está el remedio del mundo y la destrucción del pecado y la victoria contra el demonio; y las fuentes y mineros de toda la gracia y virtudes que se derraman por nuestras almas y pechos, y los hacen fértiles, en Él tienen su abundante principio; en Él tienen sus raíces, y de Él nacen y crecen con su virtud, y se visten de hermosura y de fruto las hayas altas y los soberanos cedros y los árboles de la mirra (como dicen los Cantares) y del incienso: los apóstoles y los mártires y profetas y vírgenes. Él mismo es el sacerdote y el sacrificio, el pastor y el pasto, el doctor y la doctrina, el abogado y el juez, el premio y el que da el premio, la guía y el camino, el médico, la medicina, la riqueza, la luz, la defensa y el consuelo es Él mismo y sólo Él. En Él tenemos la alegría en las tristezas, el consejo en los casos dudosos, y en los peligrosos y desesperados el amparo y la salud.

Y por obligarnos más así, y porque, buscando lo que nos es necesario en otras partes, no nos divirtiésemos de Él, puso en sí la copia y la abundancia, o, si decimos, la tienda y el mercado, o (será mejor decir) el tesoro abierto y liberal de todo lo que nos es necesario, útil y dulce, así en lo próspero como en lo adverso, así en la vida como en la muerte también, así en los años trabajosos de aqueste destierro como en la vivienda eterna y feliz a do caminamos. Y como el monte alto, en la cumbre, se toca de nubes y las traspasa, y parece que llega hasta el cielo, y en las faldas cría viñas y mieses, y da pastos saludables a los ganados, así lo alto y la cabeza de Cristo es Dios, que traspasa los cielos, y es consejos altísimos de sabiduría, adonde no puede arribar ingenio ninguno mortal; mas lo humilde de Él, sus palabras llanas, la vida pobre y sencilla y santísima que morando entre nosotros vivió, las obras que como hombre hizo, y las pasiones y dolores que de los hombres y por los hombres sufrió, son pastos de vida para sus fieles ovejas. Allí hallamos el trigo, que esfuerza el corazón de los hombres; y el vino, que les da verdadera alegría; y el óleo, hijo de la oliva y engendrador de la luz, que destierra nuestras tinieblas. «El risco, dice el Salmo, es refrigerio de los conejos.» Y en Ti, ¡oh verdadera guarida de los pobrecitos amedrentados, Cristo Jesús!; y en Ti, ¡oh amparo dulce y seguro, oh acogida llena de fidelidad! los afligidos y acosados del mundo nos escondemos. Si vertieren agua las nubes y se abrieren los canales del cielo, y, saliendo la mar de madre, se anegaren las tierras y sobrepujaren como en el diluvio sobre los montes las aguas, en este monte, que se asienta sobre la cumbre de todos los montes, no las tememos. Y si los montes, como dice David, trastornados de sus lugares, cayeren en el corazón de la mar, en este monte no mudable enriscados, carecemos de miedo.

Mas, ¿qué hago yo ahora, o adónde me lleva el ardor? Tornemos a nuestro hilo; y ya que hemos dicho el por qué es monte Cristo, digamos, según que es monte, las cualidades que le da la Escritura.

Decía, pues, Daniel que una piedra, sacada sin manos, hirió en los pies de la estatua y la volvió en polvo, y la piedra, creciendo, se hizo monte tan grande que ocupó toda la tierra. En lo cual primeramente entendemos que este grandísimo monte era primero una pequeña piedra. Y aunque es así que Cristo es llamado piedra por diferentes razones, pero aquí la piedra dice fortaleza y pequeñez. Y, así, es cosa digna de considerar que no cayó hecha monte grande sobre la estatua y la deshizo, sino hecha piedra pequeña. Porque no usó Cristo, para destruir la alteza y poder tirano del demonio, y la adoración usurpada, y los ídolos que tenía en el mundo, de la grandeza de sus fuerzas; ni derrocó sobre él el brazo y el peso de su divinidad encubierta, sino lo humilde que había en Él, y lo bajo y lo pequeño: su carne santa y su sangre vertida, y el ser preso y condenado y muerto crudelísimamente. Y esta pequeñez y flaqueza fue fortaleza dura, y toda la soberbia del infierno y su monarquía quedó rendida a la muerte de Cristo. Por manera que primero fue piedra y, después de piedra, monte. Primero se humilló, y, humilde, venció; y después, vencedor glorioso, descubrió su claridad, y ocupó la tierra y el cielo con la virtud de su nombre.

Mas lo que el Profeta significó por rodeos, ¡cuán llanamente lo dijo el Apóstol!: «El haber subido, dice hablando de Cristo, ¿qué es sino por haber descendido primero hasta lo bajo de la tierra? El que descendió, ése mismo subió sobre todos los cielos para henchir todas las cosas.» Y en otra parte: «Fue hecho obediente hasta la muerte, y muerte de cruz; por lo cual ensalzó su nombre Dios sobre todo nombre.» Y como dicen del árbol, que cuanto lanza las raíces más en lo hondo, tanto en lo alto crece y sube más por el aire, así a la humildad y pequeñez de esta piedra correspondió la grandeza sin medida del monte, y cuanto primero se disminuyó, tanto después fue mayor. Pero acontece que la piedra que se tira hace gran golpe, aunque sea pequeña, si el brazo que la envía es valiente; y pudiérase por ventura pensar que si esta piedra pequeña hizo pedazos la estatua, fue por la virtud de alguna fuerza extraña y poderosa que la lanzó. Mas no fue así, ni quiso que se imaginase así el Espíritu Santo; y por esta causa añadió que hirió a la estatua sin manos, conviene a saber: que no la hirió con fuerza mendigada de otro ni de poder ajeno, sino con el suyo mismo hizo tan señalado golpe. Como pasó en la verdad.

Porque lo flaco y lo despreciado de Cristo, su pasión y su muerte, aquel humilde escupido y escarnecido, fue tan de piedra, quiero decir, tan firme para sufrir y tan fuerte y duro para herir, que cuanto en el soberbio mundo es tenido por fuerte no pudo resistir a su golpe; mas antes cayó todo quebrantado y deshecho como si fuera vidrio delgado.

Y aun, lo que es más de maravillar, no hirió esta piedra la frente de aquel busto espantable, sino solamente los pies, adonde nunca la herida es mortal; mas, sin embargo de esto, con aquel golpe dado en los pies, vinieron a menos los pechos y hombros y el cuello y cabeza de oro. Porque fue así, que el principio del Evangelio y los primeros golpes que Cristo dio para deshacer la pujanza mundana, fueron en los pies de ella y en lo que andaba como rastreando en el suelo; en las gentes bajas y viles, así en oficio como en condición. Y heridos éstos con la verdad, y vencidos y quebrados del mundo, y como muertos a él y puestos debajo la piedra las cabezas y los pechos, esto es, los sabios y los altos, cayeron todos; unos, para sujetarse a la piedra, y otros, para quedar quebrados y desmenuzados de ella; unos, para dejar su primero y mal ser, y otros, para crecer para siempre en su mal. Y así, unos destruidos y otros convertidos, la piedra, transformándose en monte, ella sola ocupó todo el mundo.

Es también monte hecho y como nacido de piedra, porque entendamos que no es terreno ni movedizo este monte, ni tal que pueda ser menoscabado o disminuido en alguna manera. Y con esto, pasemos a ver lo demás que decía de él el santo David.

«El monte, dice, del Señor, monte cuajado, monte grueso»; quiere decir fértil y abundante monte, como a la buena tierra solemos llamarla tierra gruesa. Y la condición de la tierra gruesa es ser espesa y tenaz y maciza, no delgada y arenisca, y ser tierra que bebe mucha agua, y que no se anega o deshace con ella, sino antes la abraza toda en sí, y se engruesa e hinche de jugo; y así, después son conformes a esta grosura las mieses, que produce espesas y altas, y las cañas gruesas y las espigas grandes.

Bien es verdad que adonde decimos grueso, el primer texto dice Basan, que es nombre propio de un monte llamado así en la Tierra Santa, que está de la otra parte del Jordán, en la suerte que cupo a los de Gad y Rubén y a la mitad de la tribu de Manasés. Pero era señaladamente abundante este monte; y así, nuestro texto, aunque calló el nombre, guardó bien el sentido y puso la misma sentencia; y en lugar de Basan puso monte grueso, cual lo es el Basan.

Pues es Cristo, ni más ni menos, no como arena flaca y movediza, sino como tierra de cuerpo y de tomo, y que debe y contiene en sí todos los dones del Espíritu Santo, que la Escritura suele muchas veces nombrar con nombre de aguas; y así el fruto que de este monte sale, y las mieses que se crían en él, nos muestran bien a la clara si es grueso y fecundo este monte. De las cuales mieses, David, en el Salmo setenta y uno, debajo de la misma figura de trigo y de mieses y de frutos del campo, hablando a la letra del reino de Cristo, nos canta diciendo: «Y será, de un puñado de trigo echado en la tierra en las cumbres de los montes, el fruto suyo más levantado que el Líbano y por las villas florecerán como el heno de la tierra.» O, porque en este punto, y diciendo esto, me vino a la memoria, quiérolo decir como nuestro común amigo lo dijo, traduciendo en verso castellano este Salmo:

...¡Oh siglos de oro,
cuando tan sola una
espiga sobre el cerro, tal tesoro
producirá sembrada,
de mieses ondeando, cual la cumbre
del Líbano ensalzada,
cuando con más largueza y muchedumbre
que el heno en las ciudades
el trigo crecerá!


Y porque se viese claro que este fruto que se llama trigo no es trigo, y que esta abundancia no es buena disposición de tierra ni templanza de cielo clemente, sino que es fruto de justicia y mieses espirituales nunca antes vistas, que nacen por la virtud de este monte, añade luego:

...Por do desplega
la fama en mil edades
el nombre de este Rey, y al cielo llega.


Mas ¿nació por ventura con este fruto su nombre, o era ya y vivía en el seno de su Padre, primero que la rueda de los siglos comenzase a moverse? Dice:

El nombre, que primero
que el sol manase luz resplandecía,
en quien hasta el postrero
mortal será bendito, a quien de día,
de noche celebrando,
las gentes darán loa y bienandanza.
Y dirán alabando: Señor Dios de Israel, ¿qué lengua alcanza
a tu debida gloria?


Salido he de mi camino, llevado de la golosina del verso; mas volvamos a él. Y habiendo dicho esto Marcelo, y tomando un poco de aliento, quería pasar adelante; mas Juliano, deteniéndole, dijo:

-Antes que digáis más, me decid, Marcelo: ¿este común amigo nuestro que nombrasteis, cuyos son estos versos, quién es? Porque, aunque yo no soy muy poeta, hanme parecido muy bien; y debe hacerlo ser el sujeto cual es, en quien sólo a mi juicio se emplea la poesía como debe.

-Gran verdad, Juliano, es -respondió al punto Marcelo- lo que decís. Porque éste es sólo digno sujeto de la poesía; y los que la sacan de él, y, forzándola, la emplean, o por mejor decir, la pierden en argumentos de liviandad, habían de ser castigados como públicos corrompedores de dos cosas santísimas: de la poesía y de las costumbres. La poesía corrompen, porque sin duda la inspiró Dios en los ánimos de los hombres, para, con el movimiento y espíritu de ella, levantarlos al cielo, de donde ella procede; porque poesía no es sino una comunicación del aliento celestial y divino; y así, en los Profetas casi todos, así los que fueron movidos verdaderamente por Dios, como los que, incitados por otras causas sobrehumanas, hablaron, el mismo espíritu que los despertaba y levantaba a ver lo que los otros hombres no veían, les ordenaba y componía y como metrificaba en la boca las palabras, con número y consonancia debida, para que hablasen por más subida manera que las otras gentes hablaban, y para que el estilo del decir se asemejase al sentir, y las palabras y las cosas fuesen conformes.

Así que corrompen esta santidad, y corrompen también, lo que es mayor mal, las santas costumbres; porque los vicios y las torpezas, disimuladas y enmeladas con el sonido dulce y artificioso del verso, recíbense en los oídos con mejor gana, y de ellos pasan al ánimo, que de suyo no es bueno, y lánzanse en él poderosísimamente; y hechas señoras de él, y desterrando de allí todo buen sentido y respeto, corrómpenlo, y muchas veces sin que el mismo que es corrompido lo sienta. Y es (iba a decir donaire, y no es donaire, sino vituperable inconsideración), que las madres celosas del bien de sus hijas les vedan las pláticas de algunas otras mujeres, y no les vedan los versos y los cantarcillos de argumentos liviano, los cuales hablan con ellas a todas horas; y sin recatarse de ellos, antes aprendiéndolos y cantándolos, las atraen a sí y las persuaden secretamente; y derramándoles su ponzoña poco a poco por los pechos, la inficionan y pierden. Porque así como en la ciudad, perdido el alcázar de ella y puesto en las manos de los enemigos, toda ella es perdida, así, ganado una vez, quiero decir, perdido el corazón, y aficionado a los vicios y embeleñado con ellos, no hay cerradura tan fuerte ni centinela tan veladora y despierta que baste a la guarda Pero esto es de otro lugar, aunque la necesidad o el estrago que el uso malo, introducido más ahora que nunca, hace en las gentes, hace también que se pueda tratar de ello a propósito en cualquier lugar.

Mas, dejándolo ahora, espántome, Juliano, que me preguntéis quién es el común amigo que dije; pues no podéis olvidaros que, aunque cada uno de nosotros dos tenemos amistad con muchos amigos, uno solo tenemos que la tiene conmigo con vos casi en igual grado; porque a mí me ama como a sí y a vos en la misma manera como yo os amo, que es muy poco menos que a mí.

-Razón tenéis -respondió Juliano- en condenar mi descuido; y entiendo muy bien por quién decís. Y pues tendréis en la memoria algunos otros Salmos de los que ha puesto en verso este amigo nuestro, mucho gustaría yo, y Sabino gustará de ello, si no me engaño, también, que en los lugares que se os ofrecieren de aquí adelante, uséis de ellos y nos los digáis.

-Sabino -respondió Marcelo- no sé yo si gustará de oír lo que sabe; porque, como más mozo y más aficionado a los versos, tiene casi en la lengua estos Salmos que pedís; pero haré vuestro gusto, y aun Sabino podrá servir de acordármelos si yo me olvidare, como será posible olvidarme. Así que él me los acordará; o, si más le pluguiere, dirálos él mismo; y aun es justo que le plega, porque los sabrá decir con mejor gracia. De esto postrero se rieron un poco Juliano y Sabino. Y diciendo Sabino que lo haría así y que gustaría de hacerlo, Marcelo tornó a seguir su razón, y dijo:

-Decíamos, pues, que este sagrado monte, conforme a lo del Salmo, era fértil señaladamente; y probamos su grosura por la muchedumbre y por la grandeza de las mieses que de él han nacido; y referimos que David, hablando de ellas, decía que de un puñado de trigo esparcido sobre la cumbre del monte, serían el fruto y cañas que nacerían de él tan altas y gruesas que igualarían a los cedros altos del Líbano. De manera que cada caña y espiga sería como un cedro, y todas ellas vestirían la cumbre de su monte, y meneadas del aire, ondearían sobre él como ondean las copas de los cedros y de los otros árboles soberanos de que el Líbano se corona.

En lo cual David dice tres cualidades muy señaladas; porque, lo uno, dice que son mieses de trigo, cosa útil y necesaria para la vida, y no árboles, más vistosos en ramas y hojas que provechosos en fruto, como fueron los antiguos filósofos y los que por su sola industria quisieron alcanzar la virtud. Y lo otro, afirma que estas mieses, no sólo por ser trigo son mejores, sino en alteza también son mayores mucho que la arboleda del Líbano. Que es cosa que se ve por los ojos, si cotejamos la grandeza de nombre, que dejaron después de sí los sabios y grandes del mundo, con la honra merecida que se da en la Iglesia a los santos, y se les dará siempre, floreciendo cada día más en cuanto el mundo durare. Y lo tercero, dice que tiene origen este fruto de muy pequeños principios, de un puñado de trigo sembrado sobre la cumbre de un monte, adonde de ordinario crece el trigo mal, porque, o no hay tierra, sino peña, en la cumbre, o si la hay, es tierra muy flaca, y el lugar muy frío por razón de su alteza. Pues esta es una de las mayores maravillas que vemos en la virtud que nace y se aprende en la escuela de Cristo: que, de principios al parecer pequeños y que casi no se echan de ver, no sabréis cómo ni de qué manera nace y crece y sube en brevísimo tiempo a incomparable grandeza.

Bien sabemos todos lo mucho que la antigua filosofía se trabajó por hacer virtuosos los hombres -sus preceptos, sus disputas, sus revueltas cuestiones- y vemos cada hora en los libros la hermosura y el dulzor de sus escogidas y artificiosas palabras; mas también sabemos, con todo este aparato suyo, el pequeño fruto que hizo y cuán menos fue lo que dio de lo que se esperaba de sus largas promesas. Mas en Cristo no pasó así; porque, si miramos lo general del mismo, que se llama, no muchos granos, sino un grano de trigo muerto, y de doce hombres bajos y simples, y de su doctrina, en palabra tosca y en sentencia breve, y, al juicio de los hombres, amarga y muy áspera, se hinchió el mundo todo de incomparable virtud, como diremos después en su propio y más conveniente lugar.

Y por semejante manera, si ponemos los ojos en lo particular que cada día acontece en muchas personas, ¿quién es el que lo considera que no salga de sí? El que ayer vivía como sin ley, siguiendo en pos de sus deseos sin rienda, y que estaba ya como encallado en el mal; el que servía al dinero y cogía el deleite, soberbio con todos y con sus menores soberbio y cruel, hoy, con una palabra que le tocó en el oído, y, pasando de allí al corazón, puso en él su simiente, tan delicada y pequeña, que apenas él mismo la entiende, ya comienza a ser otro; y en pocos días, cundiendo por toda el alma la fuerza secreta del pequeño grano, es otro del todo; y crece así en nobleza de virtud y buenas costumbres, que la hojarasca seca, que poco antes estaba ordenada al infierno, es ya árbol verde y hermoso, lleno de fruto y de flor; y el león es oveja ya, y el que robaba lo ajeno derrama ya en los ajenos sus bienes; y el que se revolcaba en la hediondez, esparce alrededor de sí, y muy lejos de sí, por todas partes, la pureza del buen olor.

Y, como dije, si, tomando al principio, comparamos la grandeza de esta planta y su hermosura con el pequeño grano de donde nació, y con el breve tiempo en que ha venido a ser tal, veremos, en extraña pequeñez, admirable y no pensada virtud. Y así Cristo, en unas partes dice que es como el grano de mostaza, que es pequeño y trasciende; y en otras se asemeja a perla oriental, pequeña en cuerpo y grande en valor; y parte hay donde dice que es levadura, la cual en sí es poca y parece muy vil, y, escondida en una gran masa, casi súbitamente cunde por ella toda y la inficiona. Excusado es ir buscando ejemplos en esto, adonde la muchedumbre nos puede anegar. Mas entre todos es clarísimo el del apóstol San Pablo, a quien hacemos hoy fiesta. ¿Quién era, y quién fue, y cuán en breve, y cuán con una palabra se convirtió de tinieblas en luz, y de ponzoña en árbol de vida para la Iglesia?

Pero vamos más adelante. Añade David: Monte cuajado. La palabra original quiere decir el queso, y quiere también decir lo corcovado; y, propiamente y de su origen, significa todo lo que tiene en sí algunas partes eminentes e hinchadas sobre las demás que contiene; y de aquí el queso y lo corcovado se llama con esta palabra. Pues juntando esta palabra con el nombre de monte como hace David aquí, y poniéndola en el número de muchos (como está en el primer texto), suena, como leyó San Agustín, «monte de quesos»; o, como trasladan ahora algunos, «monte de corcovas»; y de la una y de la otra manera viene muy bien. Porque en decir lo primero se declara y especifica más la fertilidad de este monte, el cual no sólo es de tierra gruesa y aparejada para producir mieses, sino también es monte de quesos o de cuajados, esto es (significando por el efecto la causa), monte de buenos pastos para el ganado, digo monte bueno para pan llevar, y para apacentar ganados no menos bueno.

Y, como dice bien San Agustín, el pan y la grosura del monte que le produce es el mantenimiento de los perfectos; la leche que se cuaja en el queso, y los pastos que la crían es el propio manjar de los que comienzan en la virtud, como dice San Pablo: «Como a niños os di leche, y no manjar macizo.» Y así, conforme a esto, se entiende que este monte es general sustento de todos, así de los grandes en la virtud con su grosura, como de los recién nacidos en ella con sus pastos y leche.

Mas si decimos de la otra manera, monte de corcovas o de hinchazones, dícese una señalada verdad; y es que, como hay unos montes que suben seguidos hasta lo alto, y en lo alto hacen una punta sola y redonda, y otros que hacen muchas puntas y que están como compuestos de muchos cerros, así Cristo no es monte como los primeros, eminente y excelente en una cosa sola, sino monte hecho de montes, y una grandeza llena de diversas e incomparables grandezas; y, como si dijésemos, monte que todo Él es montes, para que, como escribe divinamente San Pablo, «tenga principado y eminencia en todas las cosas.»

Dice más: «¿Qué sospecháis, montes de cerros? Este es el monte que Dios escogió para su morada, y ciertamente el Señor mora en él para siempre. « Habla con todo lo que se tiene a sí mismo por alto, y que se opone a Cristo, presumiendo de traer competencias con Él, y díceles: «¿Qué sospecháis?» O, como en otro lugar San Jerónimo puso: «¿Qué pleiteáis o qué peleáis contra ese monte?» Y es como si más claro dijese: ¿Qué presunción o qué pensamiento es el vuestro, ¡oh montes!, cuanto quiera que seáis, según vuestra opinión, eminentes, de oponeros con este monte, pretendiendo, o vencerle o poner en vosotros lo que Dios tiene ordenado de poner en él, que es su morada perpetua? Como si dijese: Muy en balde y muy sin fruto os fatigáis. De lo cual entendemos dos cosas: la una, que este monte es envidiado y contradecido de muchos montes; y la otra, que es escogido de Dios entre todos.

Y de lo primero, que toca a la envidia y contradicción, es, como si dijésemos, hado de Cristo el ser siempre envidiado; que no es pequeño consuelo para los que le siguen, como se lo pronosticó el viejo Simeón luego que lo vio niño en el templo, y, hablando con su madre, lo dijo: «Ves este niño; será caída y levantamiento para muchos en Israel, y como blanco a quien contradecirán muchos.» Y el Salmo segundo, en este mismo propósito: «¿Por qué (dice) bramaron las gentes y los pueblos trataron consejos vanos? Pusiéronse los reyes de la tierra, y los príncipes se hicieron a una contra el Señor y contra su Cristo.»

Y fue el suceso bien conforme al pronóstico, como se pareció en la contradicción que hicieron a Cristo las cabezas del pueblo hebreo por todo el discurso de su vida, y en la conjuración que hicieron entre sí para traerle a la muerte. Lo cual, si se considera bien, admira mucho sin duda; porque si Cristo se tratara como pudo tratarse, y conforme a lo que se debía a la alteza de su persona; si apeteciera el mando temporal sobre todos; o si en palabras o si en hechos fuera altivo y deseoso de enseñorearse; si pretendiera no hacer bienes, sino enriquecerse de bienes, y, sujetando a las gentes, vivir con su sudor y trabajo de ellas en vida de descanso abundante; si le envidiaran y si se le opusieran muchos movidos por sus intereses, ninguna maravilla fuera, antes fuera lo que cada día acontece; mas siendo la misma llaneza, y no anteponiéndose a nadie ni queriendo derrocar a ninguno de su preeminencia y oficio, viviendo sin fausto y humilde, y haciendo bienes jamás vistos generalmente a todos los hombres, sin buscar ni pedir ni aun querer recibir por ello ni honra ni interés, que le aborreciesen las gentes, y que los grandes desamasen a un pobre, y los potentados y pontificados a un humilde bienhechor, es cosa que espanta.

Pues ¿acabóse esta envidiosa oposición con su muerte, y a sus discípulos de Él y a su doctrina no contradijeron después, ni se opusieron contra ellos los hombres? Lo que fue en la cabeza, eso mismo aconteció por los miembros. Y como Él mismo lo dijo: «No es el discípulo sobre el maestro; si me persiguieron a mí, también os perseguirán a vosotros.» Así puntualmente les aconteció con los emperadores y con los reyes y con los príncipes de la sabiduría del mundo. Y por la manera que nuestra bienaventurada luz, debiendo según toda buena razón ser amado, fue perseguido, así a los suyos y a su doctrina, con quitar todas las causas y ocasiones de envidia y de enemistad, les hizo toda la grandeza del mundo enemiga cruel. Porque los que enseñaban, no a engrandecer las haciendas ni a caminar a la honra y a las dignidades, sino a seguir el estado humilde y ajeno de envidia, y a ceder de su propio derecho con todos, y a empobrecerse a sí para el remedio de la ajena pobreza, y a pagar el mal con el bien; y los que vivían así, como lo enseñaban, hechos unos públicos bienhechores, ¿quién pensará jamás que pudieran ser aborrecidos y perseguidos de nadie? O, cuando lo fueran de alguno, ¿quién creyera que lo habían de ser de los reyes, y que el poderío y grandeza había de tomar armas, y mover guerra contra una tan humilde bondad? Pero era esta la suerte que dio a este monte Dios, para mayor grandeza suya.

Y aun si queremos volver los ojos al principio y al primer origen de este aborrecimiento y envidia, hallaremos que mucho antes que comenzase a ser Cristo en la carne, comenzó este su odio; y podremos venir en conocimiento de su causa de él en esta manera. Porque el primero que le envidió y aborreció fue Lucifer, como lo afirma, muy conforme a la doctrina verdadera, el glorioso Bernardo; y comenzóle a aborrecer luego que, habiéndoles a él y a algunos otros ángeles revelado Dios alguna parte de este su consejo y misterio, conoció que disponía Dios de hacer príncipe universal de todas las cosas a un hombre. Lo cual conoció luego al principio del siglo y antes que cayese, y cayó por ventura por esta ocasión.

Porque volviendo los ojos a sí, y considerando soberbiamente la perfección altísima de sus naturales, y mirando juntamente con esto el singular grado de gracias y dones de que le había dotado Dios, más que a otro ángel alguno, contento de sí y miserablemente desvanecido, apeteció para sí aquella excelencia. Y de apetecerla vino a no sujetarse a la orden y decreto de Dios, y a salir de su santa obediencia, y a trocar de gracia en soberbia: por donde fue hecho cabeza de todo lo arrogante y soberbio, así como lo es Cristo de todo lo llano y humilde. Y como del que, en la escalera, bajando, pierde algún paso, no para su caída en un escalón, sino de uno en otro llega hasta el postrero cayendo, así Lucifer, de la desobediencia para con Dios cayó en el aborrecimiento de Cristo, concibiendo contra Él primero envidia y después sangrienta enemistad, y de la enemistad nació en él absoluta determinación de hacerle guerra siempre con todas sus fuerzas.

Y así lo intentó primero en sus padres, matando y condenando en ellos, cuanto fue en sí, toda la sucesión de los hombres; y después en su persona misma de Cristo, persiguiéndole por sus ministros y trayéndolo a muerte; y de allí en los discípulos y seguidores de Él, de unos en otros hasta que se cierren los siglos, encendiendo contra ellos a sus principales ministros, que es a todo aquello que se tiene por sabio y por alto en el mundo.

En la cual guerra y contienda, peleando siempre contra la flaqueza el poder, y contra la humildad la soberbia y la maña, y la astucia contra la sencillez y bondad, al fin quedan aquéllos vencidos pareciendo que vencen. Y contra este enemigo, propiamente, endereza David las palabras de que vamos hablando. Porque a este ángel y a los demás ángeles que le siguieron en tantas maneras de naturales y graciosos bienes enriscados e hinchados, llama aquí corcovados y enriscados montes; o por decirlo mejor, montes montuosos; y a éstos les dice así: «¿Por qué, ¡oh montes soberbios!, o envidiáis la grandeza del hombre en Cristo, que os es revelada, o le movéis guerra pretendiendo estorbarla, o sospecháis que se debía esta gloria a vosotros, o que será parte vuestra contradicción para quitársela? Que yo os hago seguros que será vano este trabajo vuestro, y que redundará toda esta pelea en mayor acrecentamiento suyo; y que, por mucho que os empinéis, Él pisará sobre vosotros, y la Divinidad reposará en Él dulce y agradablemente por todos los siglos sin fin.»

Y habiendo Marcelo dicho esto, callóse; y luego Sabino, entendiendo que había acabado, y desplegando de nuevo el papel y mirando en él, dijo:

-Lo que se sigue ahora es asaz breve en palabras, mas sospecho que en cosas ha de dar bien que decir; y dice así: