Escritos de juventud
¡Craccc!

de José María de Pereda

No asustarse, caballeros, que no se le ha roto cosa alguna integrante a la situación.

Es un ligero obstáculo que se ha interpuesto en la vía por donde aquélla marcha, al decir de Figuerola, «serena y majestuosa», ante la admiración del mundo, al fin que se propuso la revolución de septiembre.

Es, para que de una vez lo sepan ustedes, un fardo de consolidado que ha detenido un instante el carro de que van tirando meses hace Ruiz Zorrilla y demás señores ejecutivos.

Porque en todas partes hay almas ruines que pagan un favor con un agravio, y el señor Figuerola, no obstante su ciencia, su experiencia de oposicionista veterano y su intachable liberalismo, ha caído entre las uñas, no de una sola de aquellas almas ingratas, sino de varias, especie de cuadrilla hebrea perteneciente, sin duda, al bando de los judíos a quienes, según reciente declaración de su excelencia, se ha visto precisado, en sus últimas sesiones financieras, a arrojar del templo.

Figúrense ustedes que Figuerola dice, verbigracia: «Necesito una millonada de libras esterlinas, y al que me las proporcione le doy la necesaria garantía en títulos de la Deuda interior, porque, como los de la exterior no están aún estampados, la falta de este requisito podría retrasar algún tiempo la consumación del ventajoso negocio. Mera casualidad, como ustedes comprenden». Y dicen los ingleses A y B, o los judíos X y Z: «Vengan los títulos y ahí van las libras en letras sobre Londres a tales y cuales fechas, verbigracia, a cincuenta, sesenta y noventa días».

Como se deja entender fácilmente, estos negociantes pueden ser muy ricos, o no poseer un céntimo; y, por tanto, pueden guardarse en la cartera la garantía y atenerse al interés que les proporcione legalmente la operación, o sacar los títulos a la plaza para hacer fondos con que pagar las letras en Londres, o para largarse con ellos de España sin acordarse más de las letras ni del ministro, y... ¡agur, morena!

Sentados estos antecedentes, el lector puede deducir el resultado que más se adapte a sus cálculos.

Yo sólo puedo ilustrarlos advirtiéndole que lo que hasta hoy existe de cierto, como dato positivo, es que el consolidado bajó pocos días hace a 25 ½, es decir, casi hasta el valor del papel de estraza, porque inesperadamente cayó sobre la Bolsa una lluvia consolidada que valía centenares de millones; lluvia procedente de la consabida garantía, sobre cuyo asunto, al ser acosado el señor Figuerola por una granizada de banqueros, se encerró en las elocuentes reservas, fundándose, sin duda, como también dijo en las Cortes al ser interpelado, en que si los carlistas e isabelinos oían lo que estaba pasando, se llevaría el diablo el empréstito de los mil millones.

Admirable financiero.

Ahora bien: el citado bajón es lo que produjo el crujido que ustedes oyeron más arriba.

Y como sucede siempre que un carro se pone a pique de volcar, ni el carro ni el conductor, ni el de la situación, ni el ministro han sufrido lesiones graves; pero sí los conducidos incautos tenedores de los que, los menos desgraciados, amaneciendo orondos y regalados el 1 de mayo, quizá presenciaron en forzoso ayuno el esplendor de la Septembrina presidiendo la cívica solemnidad del día siguiente.

Y, después de todo, el suceso me parece muy natural.

Aquí y en Flandes el que tiene los monises ha de soltarlos, y la revolución de septiembre, al arruinar a estos nuevos ciudadanos, no hace nada que pueda abochornarla.

Más aún: es casi seguro que la mayor parte de ellos son reaccionarios, y bajo este solo aspecto el bajón de la Bolsa colma la mayor aspiración de su excelencia financiera.

Según sus propias, repetidas manifestaciones, lo mismo el día en que nos dijo que España se había salvado porque estaba realizando ya, con condiciones ventajosísimas, el empréstito último, que el día en que volvió a decir que el mismo empréstito podía fracasar, el objeto de sus afanes eran los carlistas e isabelinos.

En el primer caso, ya no había por qué temerlos; en el segundo, todos debemos temblarlos.

Por cierto que yo, que tanto admiro a su excelencia, estoy recelándome que algún chusco, al ver la insistencia del señor ministro en subordinar todas las peripecias de su empréstito al temperamento de la reacción, le encaje el día menos pensado aquel texto famoso del fosforero Lirasbe:


Si se envenena un amante
porque haya perdido el seso,
¿qué tienen que ver con eso
los fósforos de Cascante?


Pero, si tal sucediera, yo me pondría al lado de la Prensa ministerial para defender otra vez a su excelencia, y entonces, como ahora, insistiría en lo dicho.

¿Está o no está tronada la situación? Es evidente que sí. Pues a costa de los que tienen se ha de salvar.

¿Son o no los isabelinos y carlistas los mayores enemigos de la situación? Es innegable que sí.

¿Es o no reaccionario hoy en España todo español que tenga dos cuartos que perder? Sin duda que lo es.

Luego arruinados los tenedores de papel, no solamente se asegura el empréstito, sino que se desarma a una gran parte de la reacción.

Este es el caso.

Por lo demás, ¿se quiere una prueba de que el Gobierno, consecuente con su credo, respeta los principios, aunque con ellos se hunda la nación?

Parece Providencia. Al mismo tiempo que bajaba la Bolsa se leía en el Congreso un proyecto de amnistía... para los republicanos exclusivamente.

Con el primero se hundía en la miseria un sinnúmero de especuladores; con el segundo podían volver a sus hogares, si los tienen, los que fueron la causa de que Cádiz, Málaga y Jerez se inundara de sangre.

Este contraste da la medida más exacta de la equidad revolucionaria de septiembre.

¡Viva Topete!



(De El Tío Cayetano, núm. 26.)

9 de mayo de 1869.