Bug-Jargal (Alcalá Galiano tr.)/Capítulo XXVI

XXVI

Entre tanto, cubrían aún las tinieblas la cañada, y sin cesar el tropel de los negros y el número de las fogatas iban en aumento. Un corro de negras llegó en esto a encender una hoguera cerca de mí, y por los numerosos brazaletes de cuentas de vidrio azul, encarnado y violeta que lucían en sus piernas y brazos, por los gruesos pendientes que colgaban de sus orejas, por los anillos sin cuento que adornaban todos los dedos de pies y manos, por los amuletos colgados del seno, por el collar de hechizos pendiente del cuello, por el delantal de vistosas plumas, única cubierta de su desnudez, y, sobre todo, por sus clamores acompasados y sus miradas desatentadas y esquivas, conocí desde luego que eran las Griotas. Quizá ignoren ustedes, señores, que entre las tribus de varias comarcas de Africa se hallan ciertos negros dotados de no sé qué tosca disposición para la poesía y facilidad de improvisar, que tiene semejanza con el estado de demencia. Estos individuos andan errantes de región en región, como los antiguos rapsodas, y como en la Edad Media los minstrels de Inglaterra, los minnesinger de Alemania y los trovadores de Francia. Llevan el nombre de griotos. Las mujeres, poseídas cual ellos de un espíritu de vértigo, acompañan con obscenos bailes las bárbaras canciones de sus esposos y ofrecen una grotesca parodia de las bayaderas del Indostán, o de las almeas egipcias. Algunas, pues, de esta clase de mujeres eran las que acababan de sentarse en rueda a algunos pasos de mí, cruzadas de piernas al estilo africano y en torno de un inmenso montón de secas ramas, que ardía haciendo vacilar los espantosos rostros al incierto resplandor de su rojiza lumbre.

Así que hubieron formado el círculo, agarráronse todas de la mano, y la más anciana, que tenía una pluma de garza plantada en el cabello, comenzó a clamar:

Ouanga!

Y conocí que iban a operar el sortilegio a que dan tal nombre. Repitieron todas en coro:

Ouanga!

Y la vieja, después de un corto rato de solemne silencio, se arrancó un mechón de su propio pelo y lo arrojó al fuego, pronunciando estas palabras sacramentales:

Malé o guiab.

Las que en el dialecto de los negros criollos significan: “Me voy con el diablo.” Todas las griotas, imitando el ejemplo de su decana, entregaron a las llamas un rizo de sus cabellos, repitiendo con gravedad:

Malé o guiab.

Tan extraña invocación y los gestos burlescos de que iba acompañada me arrancaron aquella especie de involuntaria convulsión que suele apoderarse del hombre más serio o traspasado de mayor dolor, y que se llama risa histérica. En balde fueron todos mis esfuerzos para atajarla; estalló al fin, y aquella carcajada en que prorrumpía un corazón tan triste provocó una escena singular por lo lúgubre y espantosa.

Perturbadas las negras en el cumplimiento de su misterioso rito, alzáronse todas a una, cual si despertasen de un sueño en sobresalto. Hasta allí no se habían apercibido de mi presencia, y acudieron en tumulto, aullando antes que diciendo:

—¡Un blanco, un blanco!

Jamás he visto colección de figuras con mayor diversidad horribles que lo era aquella caterva de negros semblantes, donde resaltaba la blancura de sus dientes y de sus ojos, salpicados éstos de gruesas y ensangrentadas venas.

Iban ya a despedazarme, cuando la vieja de la pluma de garza hizo una señal y gritó repetidas veces:

Zoté cordé, zoté cordé.[1]

Las fieras se detuvieron de súbito, y les vi, no sin sorpresa, desatar a la vez sus delantales de plumas, arrojarlos sobre la hierba y empezar alrededor de mí aquella danza lasciva a que los negros dan el nombre de la chica.

Este baile, cuyas grotescas actitudes y viveza de gestos no expresan sino el placer y la alegría, cobraba aquí, de diversas circunstancias accesorias, un carácter siniestro. Las miradas fulminantes de ira que me lanzaban las griotas en medio de sus joviales evoluciones; el lúgubre acento que infundían a la alegre tonada de la chica; el agudo y prolongado gemido que de rato en rato arrancaba de su balafo, especie de flauta compuesta de unas veinte cañas, la venerable presidenta de aquel negro sanedrín, y más aún la horrible risa que cada bruja desnuda venía en ciertos momentos de descanso del baile a mostrarme por turno, pegando casi su rostro contra el mío; todo me anunciaba con demasiada certeza cuál era la horrible suerte que le tenían prevenida al blanco, espectador sacrílego de su Ouanga. Recordé la costumbre que tienen muchos pueblos salvajes de bailar en torno de sus prisioneros antes de darles muerte, y aguardé con paciencia a que se terminara aquel episodio del drama, en cuyo desenlace tenía yo señalado tan funesto papel. No pude, con todo, menos de estremecerme al notar que, a una señal dada por el balafo, cada bruja metió en el fuego, o la punta de una hoja de sable, o el hierro de un hacha, o el extremo de una larga aguja, o los garfios de unas pinzas, o los dientes de una sierra.

El baile iba tocando a su término y los instrumentos del suplicio estaban convertidos en ascuas. Entonces, a una señal de la vieja, fueron las negras en solemne procesión a sacar en fila alguna de aquellas tremendas armas, y a las que no alcanzó a caberles en suerte un hierro ardiente, se proveyó cada cual de un tizón encendido. Comprendí al cabo el suplicio que me aguardaba y que habría de contar en cada bailarina un verdugo. A una señal de su corifeo, empezaron la postrer rueda lanzando tremendos gemidos. Cerré los ojos para no ver siquiera los gestos de aquellos demonios femeniles, que, sin aliento de cansancio y de ira, daban golpes a compás por encima de sus cabezas con los hierros hechos ascua, de donde salía un rumor agudo y millares de chispas.

Empecé a aguardar, haciendo un esfuerzo, el instante de sentirme chirriar las carnes, calcinarse los huesos y retorcerse y saltar los músculos entre las ardientes mordeduras de las sierras y tenazas, y un estremecimiento nervioso circuló por todo mi cuerpo. ¡Fué aquél, en verdad, un momento de horror!

No duró, por fortuna. Apenas el baile de las griotas iba aproximándose a su fin, cuando escuché a lo lejos la voz del negro que me aprisionó, quien acudía gritando:

—¿Qué hacéis, mujeres del demonio? ¿Qué hacéis ahí? Dejad libre a mi prisionero.

Volví entonces a abrir los ojos, y era ya de día. El negro dábase prisa a llegar con mil ademanes de cólera, y las griotas se habían detenido, aunque no tanto al parecer conmovidas por sus amenazas cuanto sobrecogidas por la presencia de un ente bastante estrambótico de que venía el negro acompañado.

Era éste un hombre muy bajo y rechoncho, especie de enano, que llevaba cubierto el rostro con un velo de color blanco, y en él hechas tres aberturas para los ojos y boca, al estilo que usan los penitentes. El velo, que caía sobre los hombros y cuello, dejaba al descubierto su pecho velludo, que, según el color, me pareció de salto atrás, donde brillaba, colgado de una cadena de oro, el sol de plata arrancado de un viril. Por encima del cinto de grana, que sostenía unas faldas o enaguas rayadas de verde, amarillo y negro, con franjas que le cubrían los pies, grandes e informes, asomaba el mango de un puñal de trabajo tosco, hecho en forma de cruz. Los brazos iban desnudos, así como el pecho, y empuñaba en su mano una varita blanca; un rosario de cuentas de cachumbo le colgaba de la cintura, junto al puñal, y llevaba sobre la frente una caperuza puntiaguda, ornada de cascabeles, en la que, no sin gran sorpresa, reconocí la gorra de Habibrah. La diferencia única consistía en que entre los jeroglíficos de que estaba aquella especie de mitra cubierta se notaban ahora manchas de sangre. Sin duda alguna, era la del fiel bufón, y aquellos indicios del asesinato los tuve por otra prueba de su fin, y despertaron en mi alma un postrer recuerdo.

Al punto mismo que las griotas repararon en este heredero de la caperuza de Habibrah, dijeron todas a una voz:

—¡El obí!

Y cayeron postradas en tierra, por donde adiviné que sería el hechicero del ejército de Biassou.

—¡Basta, basta!—dijo al acercarse a ellas en tono de voz grave y apagada—. Dejad al prisionero de Biassou.

Todas las negras, alzándose en tumulto, arrojaron los instrumentos de muerte de que iban cargadas, volvieron a ceñirse su delantal de plumas y desaparecieron a un gesto del obí cual una nube de langostas.

En este instante pareció clavarse en mí la mirada del hechicero, y con un estremecimiento en todo su cuerpo, dió un paso atrás y extendió la vara hacia las griotas cual para mandarlas regresar. Con todo, después de refunfuñar entre sí, oyéndosele tan sólo la palabra maldito, dijo no sé qué al oído del negro, y se retiró a paso lento, con los brazos cruzados y los ademanes de un hombre embebido en profundas meditaciones.


  1. Acordaos, acordaos.—N. del A.