Bug-Jargal (Alcalá Galiano tr.)/Capítulo XVIII

XVIII

No diré lo que por mí pasó a la vista de aquel horrible espectáculo. Con vergüenza lo confieso; pero la toma del castillo, la muerte de sus defensores, la carnicería de veinte familias, tamaño, en fin, y tan universal estrago, no me ocupó ni por un instante. ¡María, perdida para mí, arrebatada de mis brazos a las pocas horas de aquella en que me había sido confiada para siempre, perdida por mi culpa, pues si no la hubiera abandonado la noche anterior para ir al Cabo por orden de mi tío, hubiese podido siquiera estar a su lado, y morir junto a ella, y con ella y en su defensa, que casi era no perderla! Tales y tan amargas ideas hicieron subir mi dolor al punto de frenesí. Había en mi desesperación algo de remordimiento.

En esto, mis compañeros clamaron irritados:

—¡Venganza!

Y con el sable en la boca y las pistolas empuñadas en ambas manos, nos metimos por medio de los rebeldes vencedores. Aun cuando en número muy superior, los negros huían al acercarnos; pero delante y detrás, por derecha e izquierda, iban asesinando a los blancos y apresurándose a incendiar el fuerte; nuestro furor se acrecentaba con su cobardía.

A una puerta del castillo se me presentó Tadeo, cubierto de heridas.

—Mi capitán—dijo—: su Pierrot de usted es un hechicero, un obí, como dicen esos condenados negros, o, cuando menos, un diablo. Nos estábamos sosteniendo y ustedes llegaban, con lo que quedaba todo remediado, cuando se entró en la fortaleza no sé por dónde, y cate usted ahí... En cuanto a su señor tío, y su familia... y la señora...

—¿Y María?—le interrumpí—. ¿Dónde está María?

En este momento, un negro de alta estatura salió de entre un parapeto incendiado, llevándose una mujer joven, que gritaba y luchaba en sus brazos. La joven era María; el negro era Pierrot.

—¡Pérfido!—le grité, y le apunté con una de mis pistolas.

Pero otro de los esclavos rebeldes corrió a cubrirle del tiro, y, atravesado por la bala, cayó muerto a mis pies.

Pierrot se volvió, y pareció como que me dirigía algunas palabras, y luego se escondió con su presa entre una maleza de cañas medio abrasadas. Un momento después atravesó un perro, llevando en la boca la cuna del hermano menor de María. También reconocí al perro, que era Rask, y, transportado de ira, le disparé la segunda pistola, pero erré la puntería.

Eché a correr como insensato, siguiéndole las huellas; pero mis dos viajes en el curso de la noche, tantas horas pasadas sin tomar descanso ni alimento, mis temores acerca de María, la súbita mudanza del colmo de la fortuna al último grado de las desdichas, tantas violentas emociones del ánimo más aun que las fatigas del cuerpo, habían agotado mis fuerzas. A los pocos pasos empecé a vacilar, se me anubló la vista y di en tierra con un desmayo.