Alejandro Dumas hijo: 04

Nota: En esta transcripción se ha respetado la ortografía original. Publicado en la Revista de España


IV.

Pensaba yo estas y otras análogas cosas, como cualquier periodista mortal que se hubiera hallado en mi sitio. Era este el extremo de un banco próximo al final del salón, y fronterizo á la principal puerta de entrada; y así me era fácil á la vez examinar desde mi asiento la pieza ó antecámara inmediata, la cual poblaban también otros convidados, los últimos, los retrasados, para los que no habia ya lugar en la cámara privilegiada. Algunos de ellos, especialmente las señoras, yacian con silenciosa languidez sobre los bancos aterciopelados; otros, los más jóvenes, se recostaban, con el lente al ojo, en los quicios de la ancha puerta de comunicación; y otros, en fin, los más serios, fijos de pié en el centro de la estancia, hacian verdadero bonor á la más callada inmovilidad.

En uno de los breves descansos ó intermedios, dando yo también tregua á mi musical entusiasmo y á mis reflexiones, dirigí de nuevo mis ojos á la antesala. El aspecto de su escasa concurrencia habia cambiado; señoras y hombres serios y mancebos formaban un apiñado grupo en torno de una persona que sin duda acababa de entrar, la ofrecian sus manos enguantadas, y la dirigían con irregular precipitación sus palabras. El recien llegado era un gentil caballero que representaba muy bien los treinta años malditos por Espronceda: Más bien alto que bajo, de aparente robustez, porte distinguido, expresivos y movibles ojos, que á la distancia en que yo le veia brillaban (valga la frase) con oscuros fulgores, y abundante y muy rizada cabellera rubia. Aquel casi mozo respondía con fria parsimonia á los saludos varoniles, y no daba al parecer á las damas más que breves y terminantes respuestas. Señales inequívocas me parecieron estas, desde luego, de que mi deseo se las habia con alguna otra importante personalidad. Aquella dominante actitud, aquel imperioso aire, aquella seriedad severa, aquella parquedad de cortesías, aquella rígida calma de fisonomía, aquella corbata blanca, irreprochablemente colocada, aquel frac negro llevado con natural distinción, aquella juventud, en fin, con todos los honores aparentes de la vejez, ó al menos de la experiencia, me hicieron adivinar desde luego á una aristocracia. Y aunque al pronto la que yo creia afectación de sus modales me obligó á suponer que la tal aristocracia sólo sería de esas que para tener algo sobresaliente acuden á la mímica y estudian la compostura, habia, no obstante, un síntoma que me hacia rechazar por instinto la suposición; y este síntoma era la ancha, serena, altiva frente de mi examinando. Aquella frente era de esas que parece se dejan trasparentar por la inteligencia que esconden, de esas que se declaran por su solo aspecto tronos del talento, de esas que se denuncian por sí solas como guardadoras del fuego sagrado. Mi mal pensamiento duró, pues, muy poco, y en su lugar me dominó fácilmente la idea de que si aquel jóven representaba una aristocracia, esta debia ser de las buenas, de las legítimas, de las imperecederas.

La ovación, más bien de gestos que de conceptos, que le tributaban sus acompañantes, duró hasta el fin de la fiesta. Cuando, terminado el concierto, cruzamos todos, empujándonos lo más urbanamente posible, por la antesala, en busca de la escalera, más de un bordado uniforme y más de una beldad montada en brillantes se acercaron también á mi hombre y conversaron con él. Por mi parte, antes de dejar la sala de paso pregunté á mi acompañante si aquel asediado caballero era algún Rey, ó cosa asi, de los que hay contingencia de encontrarse en parajes semejantes.

— Usted lo señalará, me contestó, con arreglo á su leal saber y entender, la categoría que crea le corresponda, cuando sepa su nombre.

— ¿Cuál es? pregunté.

— Ese señor es Alejandro Dumas hijo.