A luengas edades luengas novedades

«A luengas edades luengas novedades» del poema histórico «Príncipe y Rey»
de José Zorrilla
del tomo sexto de las Poesías.

- I -

El Príncipe pasó a Rey,
y, como era de esperar,
todo debió de cambiar,
sujeto a distinta ley.
Era la Reina muy bella;
mas, como bella, celosa;
y otra alguna, por hermosa,
no tiene igualdad con ella.
Así que, el Rey don Enrique,
si no adquirió más virtud,
de su ociosa juventud
puso a los vicios un dique.
De sus amigas livianas,
mucho el número menguó,
y a la Reina encomendó
sus más lindas cortesanas.
Es verdad que, a las dos leguas,
doña Guiomar, cada día,
entretenerle solía,
dando al matrimonio treguas.
Y es cierto que, tan leal
a su Príncipe como ella,
de su amor le hace querella
Catalina Sandoval.
Mas pecados Reales son,
que tachar fuera imprudencia:
son del cetro una exigencia,
excesos del corazón.
Que es mezquino, a nuestro ver,
que mandando tanta gente,
un monarca se contente
con tan solo una mujer.
Si Dios condena el amor
a la mujer del vecino,
no habla el precepto divino
con él con tanto rigor.
Y sin duda alguna es bien
que, pues la ley dan los reyes,
sean ellos con las leyes
privilegiados también.
Por eso, en una alta torre
que al campo del moro cae,
por do Manzanares trae
sus corrientes, cuando corre,
se oye en la noche callada,
sobre las alas del viento,
un dulcísimo lamento
y un arpa bien acordada.
Por eso, en la noche obscura,
dice el necio centinela,
que en aquella parte vela
la bruja que el Rey conjura.
Pues de tiempo inmemorial,
por entre el vulgo se suena
que allí encontró el de Villena
un colega espiritual.
Distinto habitante mora
hoy en la torre precita;
mas quiénes o quién la habita,
el vulgo y la Corte ignora.
Porque aunque a veces en ella
se oye que en trova confusa
la voz de quien canta acusa
los rigores de su estrella,
Se oye también que suspira
tan amantes cantilenas,
que si canta entre cadenas,
no canta, sino delira.
A veces, una voz blanda,
en estribillo amoroso,
de un amador licencioso
nuevas al viento demanda.
Y es tan suave, y tan flexible,
y tan tierna en su cantar,
que intentarla remedar
fuera a otra voz imposible.
Ya apagada, ya sonora,
ya trémula, ya segura,
como la fuente, murmura;
como la tórtola, llora.
Ya es un canto ronco y vago,
sin tema sobre que acuerdo,
como un aura que se pierde
entre la niebla de un lago.
Ya es alegre y peregrina
una voz tan infantil,
que no envidia, en lo sutil,
tonos a la golondrina.
Y a veces, en la alta, obscura,
larga noche, allí resuena
varonil, pujante y llena,
otra voz sin su dulzura.
Mas también con su vigor,
la voz dulce se amalgama,
que el aire las desparrama
en dobles himnos de amor.
Una de amor se querella,
y otra canta sus victorias;
ésta adora sus memorias,
y las diviniza aquélla.
Quien de lejos las escucha
en la negra obscuridad,
duda si sueña, en verdad,
y consigo mismo lucha.
Temo la superstición
maleficio en el cantar,
pero se mueve a escuchar
temerario el corazón.

Es una noche tranquila,
de esas azules, serenas,
en que de la luna apenas
la pálida luz vacila.
Dentro de aquel torreón
que cae al campo del moro,
se escucha el compás sonoro
de la femenil canción.
Envuelta en obscuro velo,
emblema claro del luto,
torna el rostro mal enjuto
una mujer hacia el cielo.
Y brilla más la tristeza
de su encantadora faz,
con el llanto que tenaz
destila de su tristeza.
Y en su angustia solitaria,
demandársela pudiera
si canción tan lastimera
es cántico o es plegaria.
En un sitial, a su lado,
con un laúd la acompaña
Enrique cuarto de España,
de su corona olvidado.
Pero ella ensaya tan mal
la endecha triste que canta,
que mohíno el Rey aguanta,
mal sentado en su sitial.
Viendo la poca virtud
que su canto ejerce en ella,
pues los tonos de la bella
no aciertan con su laúd,
Soltando al fin de la mano
el inútil instrumento,
dijo con severo acento,
entro brusco y cortesano:
«Para tal torpeza, Inés,
que no cantes es mejor.»

DOÑA INÉS

Cuanto pude hice, señor,
Y os lo ofrezco tal cual es.
Dos meses ha que venís
a gozaros en mi afán
con el nombre de galán,
mas como señor pedís.
Sin curar de mi dolor,
mandáisme cantar, y canto,
no llorar, y enjugo el llanto,
no amar…, y muero de amor.

DON ENRIQUE

Inés, importuna estáis.

DOÑA INÉS

Y vos, por demás severo.

DON ENRIQUE

Que estáis muy celosa infiero.

DOÑA INÉS

Yo infiero que no me amáis.

DON ENRIQUE

¡Siempre dudas de mujer!
¡Siempre igual reconvención!

DOÑA INÉS

Amando de corazón,
amar es obedecer.
Todas las noches traéis
la desazón en el gesto,
siempre a enojaros dispuesto,
y no hay de qué os enojéis.
El tiempo os parece largo
que pasáis siempre conmigo;
nunca, señor, os lo digo,
y lo lloro, sin embargo.

DON ENRIQUE

Mas todas las noches vengo,
Inés, y no se te oculta
que siempre lo dificulta
el grave cargo que tengo.

DOÑA INÉS

Mas yo, señor, noche y día
en esta torre encerrada,
os espero enamorada
sin tener otra alegría.
Veo la noche importuna,
de la aurora el arrebol,
nacer y morir el sol,
nacer y morir la luna.
Y todo el tiempo se va
en inútiles querellas,
demandando a sol y estrellas
que me digan dónde está.
Veo todas las mañanas,
así que el sol reverbera,
partirse en fuga ligera
las avecillas livianas.
Todas las noches las veo
al crepúsculo volver,
fatigadas, puede ser,
mas cumplido su deseo.
Y a mí el tiempo se, me va,
en esas rejas vecinas,
pidiendo a las golondrinas
que me digan dónde está.

Callaba el Rey, interés
prestando a sus voces poco,
y en delirio amante y loco
lloraba a su lado Inés.
Él, la barba sobre el pecho,
cruzadas ambas rodillas,
sus querellas sin oillas,
distraído o satisfecho.
Ella, en más bajo lugar,
mal prendido el luengo velo,
las mangas le terciopelo
deshilando sin cesar.
El Rey, como quien tolera
algo que le mortifica;
ella, como quien suplica
algún favor que no espera.
Al fin, como quien despierta
de un sueño que le acosó,
así don Enrique habló,
con trémula voz incierta:

«Mucho te amé, bella Inés;
mucho te amo, mas perdona
que no pueda mi corona
rendir amante a tus pies.
»Casado estoy, en verdad,
y de mi cetro en honor,
no cuidaré de tu amor,
sí de tu seguridad.
»El Duque no sé qué es dél,
y pues se habla de ello mal,
partirás a Portugal
con un mensajero fiel.»

Calló el Rey, e Inés, transida
de dolor tan impensado,
de espaldas cayó a su lado,
cercana al fin de la vida.
En sus brazos la sostuvo,
y a merced de un elixir,
la vida volvió a latir,
camino el aliento tuvo.
Volvió a herir su corazón
su altivez o su mancilla,
y dijo al Rey de Castilla
con la voz de la aflicción.
«Fue amaros orgullo en mí;
hízolo amor la porfía,
mas pues la culpa fue mía,
castigada quedo así.»
Y tornándola a faltar
segunda vez el aliento,
salió el Rey del aposento
tras quien la venga a ayudar.



— II —

Allá, por do Manzanares
en humildosas corrientes,
antes de entrar cortesano
en Madrid, sus aguas vierte,
hay un sitio en que fundaron
un alcázar otros reyes.
Pardo en el nombre, y perdido
en verdad en sus placeres,
en un despejado campo
que a su entrada el lugar tiene,
con grande rumor levantan
a toda prisa un palenque.
Dispónense aparadores,
aparéjanse banquetes;
doquier se aprestan vajillas
y se despitan toneles.
Guirnaldas en los balcones,
tapices en las paredes,
pabellones en los techos
y en las alfombras pebetes.
Doquiera, en el campo tiendas
con banderas diferentes;
andamios para la Corte,
y andamios para los jueces.
Y en el palacio tumulto,
y tumulto en el palenque;
y en las calles y en las plazas,
los que van y los que vienen.
Por allá suben literas,
por acullá palafrenes;
por allí, de Real mandato,
de su Real guardia jinetes;
por un lado arcabuceros,
por otro lado donceles,
que ganando tiempo y tierra,
buscando aposentos vienen.
Músicos, dueñas, rateros,
saltimbanquis y corchetes,
tamboriles y danzantes,
curiosos e impertinentes.
Aquí una moza devota,
que el brazo a una vieja tiene,
se ajusta en son de maitines
con un majo matasiete.
Allí un dominico obeso
abultado de mofletes,
en una niña de quince
puso los ojos ardientes,
sin duda alguna admirando
al Dios que hace aquellos seres
de ojos negros, manos blancas,
cintura escasa y pie breve.
Más allá, bajo un sombrero
que en la oreja se mantiene,
alto y torcido el bigote,
larga espada, y entre el leve
rizado de ancha valona
escondido hasta los dientes,
de pie derecho, y la mano
sobre la cintura siempre,
está, a través escupiendo,
apercibido un valiente
de esos que dicen: «Miradme,
que hay indulgencias en verme.»
Y sobre todo el murmullo
que tan sin término hierve,
en cóncavo estruendo ronco
por pueblo y campo se sienten
los mazos de los peones
que levantan el palenque,
y el mantillo del armero
sobre golas y broqueles.
Grandes fiestas se preparan
y según dice la gente,
son por los embajadores
que de la Bretaña vienen;
así también lo confirma
la conversación siguiente
de dos judíos que aromas,
joyas y armaduras, venden:

—Buen agosto os habéis hecho,
Rubén, a lo que parece.
—No estoy quejoso, en verdad.
—Y aun contento.
—Ciertamente.
—Sed franco.
—¿Más he de ser?
—Y por nuestros intereses,
vayamos ambos a una,
que espero que no nos pese.
—Sea así, hermano Daniel,
y escuchadme atentamente.
El Rey me compró en secreto,
para lujo en sus valientes,
las armaduras mejores
del torneo.
—¿Cuántas?
—Trece.
—¡Santos del cielo! ¿En monedas
os pagó?
—Al punto y corrientes.
—Feliz sois, Rubén.
—Veamos
Vuestra fortuna.
—Yo siempre
Por enemiga la tuve.
—Pero yo sé que igualmente
el Rey, Daniel, os buscaba.
—Sí, mas fue ganancia leve:
aplazóme los caballos
de mejor sangre que hubiese,
y díle, blancos y negros,
Los mejores.
—¿Cuántos?
—Trece.
—¿Y os quejáis?
—¡Santa Sión!
Pagó dos; los once debe—
Callaron ambos un punto,
y a Rubén Daniel volviéndose,
díjole:—Mas ya hay quien cubre
lo que pierdo en los corceles:
don Beltrán armó los suyos,
pródigo con mis arneses.
—¡Oiga! ¿También don Beltrán
campo en el cerco mantiene?
—No por cierto; mas levanta
en Madrid otro palenque,
para una segunda fiesta
a la vuelta de los Reyes.
A la parte de Alcalá
tiene apostada su gente,
para tomar de las damas
la brida a los palafrenes.
—¡Atrevido es el pagano,
y ardua causa la que emprende!
Los galanes victoriosos
se opondrán reciamente.
—Pues don Beltrán de la Cueva
aun se está tan en sus trece,
que diz que hasta el mismo Rey
le hará campo, aunque le pese.
—Mucho puja
—Es conde y rico.
—Y el Rey es rey.
—Y él valiente;
y tiene consigo un hombre
que recata el rostro adrede,
que es capaz de armar batalla
el solo con diez y siete.
—¿Un soldado?
—Un caballero.
—¿Que es quien paga?
—Lo parece.
Que es un extranjero dicen
que de aventurero viene.
—¿Trae gente en su compañía?
—Lanzas hasta veintinueve.
—¿Es francés?
—Flamenco.
—¿Amigo
de las batallas?
—No debe.
—¡Cómo!
—Dél se cuentan cosas
bien extrañas cabalmente.
Dicen que, en vela continua,
no se sabe cuándo duerme;
que es sobrio como una monja.
—Mas ¿su nombre?
—No le tiene;
sólo el Flamenco le llaman;
siempre anda solo y le temen.
—Mas ¿no se conoce de él…
—Nada más que lo que él quiere;
y que es alto, recio, osado,
y a lidiar dispuesto siempre.—

Callaron ambos judíos,
y en raudo tropel la gente
se agolpó sobre el camino
a vitorear a sus Reyes.



— III —

Como seis días después,
y hacia las dos de la tarde,
en el prado que en Madrid
por San Jerónimo sale,
armados hasta los dientes
y cubiertos los semblantes,
estaban dos caballeros
de una ancha tienda delante.
Detrás de ellos, apostados
en hilera formidable,
hay hasta treinta jinetes,
potentísima falange.
Y otros treinta caballeros,
cuanto valiente galanes,
—en varios grupos conversan,
de su pompa haciendo alarde.
Donceles tienen sus lanzas;
sus caballos tienen pajes,
siendo a la par todos ellos
soldados y capitanes.
Detrás hay una barrera
que guardan, con antifaces,
otros doce caballeros
sobra doce yeguas árabes.
A los lados dos andamios,
uno con las armas Reales,
y otro con las de Bretaña,
coronados de sitiales.
Otro andamio casi enfrente,
y en él los jueces y grandes
que han de pesar la justicia
y la ley de los combates;
y el resto cerca una valla,
hasta dos arcos triunfales,
en que remata una liza
que por la barrera se abre.
Banderas de mil colores
se estremecen en el aire,
que embalsaman ramilletes
de jazmines y azahares.
Lindísimas cortesanas
de cabellos de azabache,
tez pálida y ojos negros,
bajan el prado adelante;
porque ¿qué son los jardines
en que las flores no salen,
no lo que son las fiestas
en que las damas no caben?
De ambas las tropas que aguardan
el duro y próximo trance,
hablan en voces secretas
ambos los jefes audaces;
uno es Beltrán de la Cueva,
del otro nada se sabe,
sino que con treinta lanzas
con don Beltrán hizo parte.
Es de talla aventajada,
de nunca visto semblante,
vigoroso asaz de miembros
y de fuerza sin iguales;
un hacha de armas esgrime
y una espada formidable,
que los arneses más recios
desencajan y deshacen.
Cabalga un potro normando
como sufrido pujante,
que obedece a los impulsos
de dos largos acicates;
y acostumbrado a la guerra,
en que ha tiempo que le traen,
mal le reprime el jinete
al oír los atabales.
A su vez el caballero
le acosa con voz tonante,
como si el mismo caballo
a la misma par lidiase;
y dicen que tan a tiempo
la segunda, vuelve y parte,
que un solo cuerpo lidiando,
caballero y corcel hacen.
Así Beltrán de la Cueva
le hablaba a este personaje,
y el flamenco respondía
con razones semejantes:

DON BELTRÁN

¿Seréis firme?

FLAMENCO

¿Seréis firme? Como un roble.

DON BELTRÁN

¿Lidiaréis?

FLAMENCO

¿Lidiaréis? A toda sangre.

DON BELTRÁN

¿Nadie pasará?

FLAMENCO

¿Nadie pasará? Ninguno
con espada ni con guante.

DON BELTRÁN

¿Y si el mismo Rey se empeña?

FLAMENCO

¡Al Rey vive Dios que mate,
y lleve su guantelete
en una pica hasta Flandes!

DON BELTRÁN

Si como decís obráis,
temo que el campo no os baste.

FLAMENCO

Al tiempo lo recomiendo;
y si la suerte me vale,
veréis que mejor amigo
no hallaréis para este trance.

DON BELTRÁN

¿Qué mote sacáis?

FLAMENCO

¿Qué mote sacáis? Ninguno.

DON BELTRÁN

Pues he visto a vuestro paje
un broquel con una letra.

FLAMENCO

Esa letra dice: «Nadie.»

DON BELTRÁN

¿Es orgullo?

FLAMENCO

¿Es orgullo? Es una historia.

DON BELTRÁN

¿De amoríos?

FLAMENCO

¿De amoríos? Y de sangre.

DON BELTRÁN

¿Sois príncipe?

FLAMENCO

¿Sois príncipe? No por cierto.

DON BELTRÁN

¿Sois huérfano?

FLAMENCO

¿Sois huérfano? Lo acertasteis
porque, a ninguno sujeto,
soy libre, y la tierra grande.

Oyóse en esto el tumulto
de pífanos y atabales,
y vióse la polvareda
que por el campo adelante
envuelve a los que se acercan
tras los pendones Reales,
que acabados los torneos,
a Madrid vuelven triunfantes.
Cabalgó al punto Beltrán,
y cabalgando el de Flandes,
asió broquel, lanza y brida,
diciendo con voz pujante:
«¡A caballo!, ¡voto a Dios!
y en torneo o en combate,
no hay que dejar con espada,
desde San Miguel, a nadie!